08 de junio
Creo en el Espíritu Santo (Juan 20, 19-23)
No hay Iglesia ni vida cristiana sin la presencia del Espíritu Santo. El bautismo, que se resume en la amistad con Cristo y que cada día vivimos y nos ilumina, es el sacramento cotidiano del Espíritu. La eucaristía que constituye y alienta la comunidad cristiana es acción del Espíritu en la asamblea convocada por Cristo. Nada hay fuerte y valioso en la vida de las personas sin la presencia del Espíritu.
Algunas veces el Espíritu se nos muestra en la intimidad de la oración, en el «tú a Tú» con el Señor: restaña heridas, perdona pecados, fortalece voluntades, ilumina nuestra conciencia. Es una presencia cotidiana, transparente, que a veces se hace sentir con una fuerza de la que no podemos dudar y que nos llena de vida, «Señor y dador de vida».
Otras veces el Espíritu se hace presente en acontecimientos que nos muestran la voluntad de Dios, que nos abren caminos para realizar la llamada que Él nos hace. «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo», dice el Señor; y para que podamos realizar la misión continúa: «Recibid el Espíritu Santo». Un encuentro con una persona, la solución fortuita de algo que parecía difícil, una noticia que nos toca por dentro, un problema que lo cambia todo... El Espíritu nos acompaña en nuestra historia para que aportemos su luz a la historia de los que sufren.
El Espíritu nos hace vivir en la libertad de la entrega, siendo más nosotros mismos. Uno más uno no son dos.
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