14 de septiembre
Nuestras cruces y la Cruz (Juan 3, 13-17)
Nuestra vida está llena de muchos momentos de alegría, pero también hay algunos momentos de cruz, de sufrimiento. Algunas de nuestras cruces nos las ganamos a pulso. Actuamos de manera que con nuestros vicios quebrantamos nuestra salud; o con nuestro orgullo alejamos a los buenos amigos; o con nuestra torpeza nos ganamos situaciones difíciles y comprometidas. Pero otras cruces no son así. Hay cruces, muchas veces la más difíciles y dolorosas, que nos vienen sobrevenidas; es decir, que no hemos hecho nada para merecerlas, que por azar se presentan en nuestra vida: enfermedades, accidentes..., nuestros, o de las personas a quien queremos.
La cruz de Jesús fue distinta; no fue fruto, por supuesto, de ningún pecado; tampoco fue fruto de un azar. Él acogió la cruz por mostrar el amor incondicional que el Padre nos tiene; y para asumir libremente nuestra condición humana hasta la misma muerte, y con una muerte de cruz.
Cada vez que nosotros nos negamos a nosotros mismos, y aceptamos sufrir por el bien de las personas a las que queremos, y para alentar a la justicia; o cada vez que abrazamos nuestras cruces desde el amor profundo que Jesús nos tiene; al unir nuestras cruces a la Cruz de Jesús podemos experimentar la paz profunda que Él vino a traer a nuestras vidas. Su Cruz es redención; es salvación; porque Él vino no para condenar, sino para salvar al mundo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario