lunes, 14 de septiembre de 2026

La gloria de Dios es la vida del hombre

20 de septiembre

La gloria de Dios (Mt 20, 1-16)

“La gloria de Dios es que las personas tengan vida; y la vida de las personas consiste en la visión de Dios”, decía san Ireneo en un contexto de dura persecución contra los cristianos que lo llevó hasta el martirio. Todo lo que se oponga a la vida plena de las personas, a su desarrollo personal y espiritual, está en contra de la voluntad de Dios. 

Y, al mismo tiempo, todo lo que lleve a una persona a la contemplación de Dios, de la belleza de la Creación y de la infinita misericordia de la Redención, nos devuelve a nuestra verdad más auténtica. Conocer el Amor que es Dios nos hace vivir en la paz que anhela nuestro corazón.

Cuando un enfermo vive su enfermedad contemplando el rostro de Dios, su propio rostro irradia paz y dulzura. Cuando una persona consagrada, sacerdote o religiosa, tiene como único afán cumplir con la voluntad de Dios, las circunstancias y cuáles sean las tareas concretas importan menos. No podemos olvidar que Dios es Dios y nosotros somos sus criaturas; por eso siempre hemos de decir: “Aquí estoy, Señor, para cumplir tu voluntad.”

En este horizonte, todo sirve para el bien; si olvidamos buscar la voluntad de Dios y nos centramos en nuestro orgullo, en nuestra comodidad, en nuestro dinero, o, incluso, en nuestros planes, todo desemboca en la insatisfacción, en el enfado, y en la ruptura con los otros, con nosotros mismos y con Dios.


martes, 8 de septiembre de 2026

Setenta veces siete

13 de septiembre

Setenta veces siete (Mt 18,21-35)


San Mateo, que tenía que ser persona, intelectualmente, ordenada y sistemática tiende a organizar su evangelio por temas, y, parece que cuando Jesús habla de algo nos dice de una vez todo lo que tiene que decirnos de esa realidad. Así ocurre con la necesidad del perdón que vivimos todas las personas; y el capítulo 18 de su evangelio nos llama de distintas formas a vivir siempre en el horizonte del perdón.

Pedro le pregunta: “¿Cuántas veces tengo que perdonar, hasta siete veces?” Jesús le responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Esta es una muy buena noticia para nosotros, porque Jesús no nos pide lo que Él no nos da. Así que a nosotros no nos perdona solo siete veces –perdidos estaríamos--; sino, también, hasta setenta veces siete, es decir, siempre. El perdón de Dios es garantía de nuestra paz interior, y de nuestra conciencia de dignidad personal. Todos vivimos situaciones ambiguas, de orgullo y egoísmo, de violencia y de insolidaridad. Jesucristo no lleva cuentas del mal que hacemos; cuando con humildad nos situamos ante Él, siempre nos acoge con cariño y bondad.

Si Dios es así con nosotros, ¿no tenemos que tener un corazón amplio y abierto con los demás? Si no perdonamos, si no cancelamos de nuestra memoria el mal que se nos hizo, estaremos siempre rumiando el amargo sabor del rencor. 


miércoles, 2 de septiembre de 2026

reconciliación

6 de septiembre

Reconciliación (Mt 18,15-20)

Comienza el mes de septiembre, y el curso en muchas actividades de la vida, con una llamada del Señor a vivir la fraternidad en las situaciones difíciles y complejas. Mientras que todo va bien, qué fácil es vivir como hermanos. Pero pronto las actitudes propias o ajenas se vuelven en contra, vivimos egoísmos, situaciones de incomprensión, nos sentimos y somos objetivamente maltratados por quien debía de cuidarnos, por quien nos debía, por lo menos, respeto...

Mal atajo es consentir el mal y la injusticia sin denunciarlas; se enquistarán y ya nadie los llamará por su nombre. Mal camino es afrontar al otro sin consideración, sin tener en cuenta sus circunstancias y sus heridas. “A nadie le debáis más que el amor mutuo”, dice san Pablo; ni más ni menos. Con el amor mutuo se dice todo, porque todo el bien y todo lo que nos construye nos llega desde el amor.

Pedir perdón siempre; porque siempre hay una palabra mal dicha, una frase de agradecimiento no pronunciada, una actitud de indiferencia que al otro le dolió. Pedir perdón, con sinceridad, nos ayuda a perdonar, y ambas cosas a construir un mundo más humano. Pedir perdón es obra de justicia, tantas veces centrados en nosotros mismos y mirando el mundo solo desde nuestra perspectiva, hemos dejado a un lado las preocupaciones y los sufrimientos de los demás... Pedir perdón y perdonar, buscar la verdad que nos hace más humanos, es el camino.


martes, 21 de julio de 2026

Le gustaban las parábolas

26 de julio

Le gustaban las parábolas (Mt 13,44-52)


En estos domingos estamos viendo cómo a Jesús le gustaba enseñar a las gentes con parábolas. Y eso nos revela de Él muchas cosas. Las parábolas dan que pensar. Cuando nos cuentan una narración con un contenido profundo, nos permiten pensar por nosotros mismos su significado, y aplicarlo a nuestra propia realidad. A Jesús le gusta que pensemos, que vivamos nuestra vida no desde las normas y los preceptos, sino desde el sentido luminoso que el Padre ha dado a toda su Creación.

Además, el de las parábolas es un lenguaje que se dirige a todos, a creyentes y no creyentes, a cristianos y a no cristianos, a niños y a ancianos; y a todos nos pone a cavilar sobre nuestra propia vida. Por su sencillez, nadie tiene vedado el comprenderlas; por su profundidad y niveles distintos de sentido, nadie puede decir que las comprende por completo. Cada parábola es una invitación a mirar en la vida más allá, siempre y en cada momento.

Un hombre que tiene la suerte de encontrarse un tesoro; un comerciante de perlas que encuentra una muy valiosa; una madre de familia que rebusca lo que necesita entre lo nuevo y lo viejo; un pescador que se queda solo con los peces que le valen...; las parábolas de este domingo parecen invitarnos a pensar qué es lo verdaderamente valioso para cada uno de nosotros, y qué estamos dispuestos a sacrificar para conseguirlo. No es tema pequeño el que nos plantean.


lunes, 13 de julio de 2026

La semilla del mal

La semilla del mal (Mt 13, 24-43)

El mal no tiene paciencia; quiere hacer daño pronto; a lo más calcula, mide los tiempos, busca la oportunidad de la venganza. El bien siempre es paciente. Quien hace el bien, por hacer el bien mismo, no necesita resultados; no hace cálculos, como si hubiera hecho una inversión que busca ganancias. El bien se hace y en el mismo momento de realizarse ilumina, conforta, alienta, despierta la serenidad y el gozo en el alma. El bien es como una semilla que da fruto según el tiempo y la especie. Hay semillas que se cosechan en tres meses y otras que necesitan decenios para formar un árbol maduro dispuesto a dar fruto.

Nuestro corazón ambiguo, el de todos, alberga semillas del bien y del mal, de trigo y de cizaña. No pierdas el tiempo y las energías arrancando el mal con el mal; tu orgullo no puede combatir la prepotencia; ni tu egoísmo puede frenar el de los demás. Al mal siempre se le combate con el bien; siempre con el bien. Para hacer esto, como nos dice san Pablo, hemos de dejar que el Espíritu nos guíe y nos conduzca; el Espíritu espera que le prestemos nuestro corazón y nuestra voz para que sea Él quien rece y actúe en nosotros; sin cálculos, sin medidas, con toda la esperanza puesta en las manos de Dios. “Haz el bien y no mires a quién”. Haz el bien y deja el fruto en las manos de quien todo lo puede. ¿Quién puede tener más paz que quien vive en el bien, en la luz, en la voluntad misteriosa del Padre?


lunes, 29 de junio de 2026

Alegraos, Dios es humilde

05 de julio

Alegraos, Dios es humilde (Mt 11, 25-30)


Nadie hace más fácil la vida que una persona humilde: Dispuesta a servir sin reclamar la atención, sin darse importancia haciendo lo que en cada momento hace falta, con deseos y actitud de aprender, prudente como un anciano, ingenuo como un niño, siendo consciente de la importancia de todos en el proyecto común. Por muy brillante que sea una persona orgullosa, siempre genera situaciones de conflicto y enfrentamiento que paralizan y distorsionan, y acaban despertando recelos y rechazo. 

Alégrate, porque Dios es profundamente humilde, y siempre está dispuesto a sacar lo mejor de ti, sin echarte en cara ni tus tropiezos, ni tus defectos; buscando siempre poner el bálsamo de su misericordia en las heridas de tu corazón. Fijaos, cuando Jesucristo, el Hijo de Dios, se describe a sí mismo dice: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. La humildad de Jesús, nos llena de paz y de alegría, y de una profunda exigencia de humildad. ¿Quién se atreve a pensar que es nada ante esa humildad del mismo Dios?

Ser humilde no es rebuscar en los propios pecados para andar entristecidos por ellos; para, orgullosamente, limpiarse de todos y cada uno. El humilde se alegra de la bondad del hermano y la alienta. El humilde se alegra de la vida que le es regalada y, él mismo, quiere ser don para los demás; un don pequeño que quiere ser útil, que sirve a los demás sin mirar el sacrificio que ha de hacer.


lunes, 22 de junio de 2026

Inteligencia carnal

28 de junio

Inteligencia carnal (Mt 10, 37-42)



Mucho se está hablando de inteligencia artificial (IA). Y es una realidad que está marcando tanto el futuro de la humanidad, que hasta el papa León ha dedicado una encíclica a proponer un debate ético sobre ella desde los criterios del bien común y la dignidad de la persona.

La inteligencia artificial (IA) es inteligente para manejar datos y conseguir optimización de resultados. En eso puede ser una gran ayuda. Pero la inteligencia de la persona no se basa, ni solo, ni en última instancia, en ese manejo de datos, ni en conseguir los resultados más óptimos en el menor tiempo. La inteligencia de la persona es, sobre todo, inteligencia para amar. Sin amor podríamos manejar todos los datos del mundo que nuestro corazón quedaría helado y sin sentido para seguir latiendo. 

La IA no entiende de perder la vida por amor al otro; ni de la gratuidad de ofrecerte como don; ni del agradecimiento por haber recibido el don de la vida, o el don del amor, o el don del otro que se nos entrega en amistad sincera. Ni la IA, ni la razón calculadora que se basa en el beneficio, entienden la vida ni la persona. Nuestra inteligencia es carnal, necesita el abrazo y la caricia gratuitas, necesita vivir tiempo de serenidad y de silencio, necesita de la belleza del paisaje, de los sabores de la infancia, de las bromas y las contradicciones de quienes queremos. El Verbo se hizo carne, carne con espíritu e inteligencia, carne crucificada por amor. ¿Podrá entender esto la IA?