05 de julio
Alegraos, Dios es humilde (Mt 11, 25-30)
Nadie hace más fácil la vida que una persona humilde: Dispuesta a servir sin reclamar la atención, sin darse importancia haciendo lo que en cada momento hace falta, con deseos y actitud de aprender, prudente como un anciano, ingenuo como un niño, siendo consciente de la importancia de todos en el proyecto común. Por muy brillante que sea una persona orgullosa, siempre genera situaciones de conflicto y enfrentamiento que paralizan y distorsionan, y acaban despertando recelos y rechazo.
Alégrate, porque Dios es profundamente humilde, y siempre está dispuesto a sacar lo mejor de ti, sin echarte en cara ni tus tropiezos, ni tus defectos; buscando siempre poner el bálsamo de su misericordia en las heridas de tu corazón. Fijaos, cuando Jesucristo, el Hijo de Dios, se describe a sí mismo dice: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. La humildad de Jesús, nos llena de paz y de alegría, y de una profunda exigencia de humildad. ¿Quién se atreve a pensar que es nada ante esa humildad del mismo Dios?
Ser humilde no es rebuscar en los propios pecados para andar entristecidos por ellos; para, orgullosamente, limpiarse de todos y cada uno. El humilde se alegra de la bondad del hermano y la alienta. El humilde se alegra de la vida que le es regalada y, él mismo, quiere ser don para los demás; un don pequeño que quiere ser útil, que sirve a los demás sin mirar el sacrificio que ha de hacer.