La semilla del mal (Mt 13, 24-43)
El mal no tiene paciencia; quiere hacer daño pronto; a lo más calcula, mide los tiempos, busca la oportunidad de la venganza. El bien siempre es paciente. Quien hace el bien, por hacer el bien mismo, no necesita resultados; no hace cálculos, como si hubiera hecho una inversión que busca ganancias. El bien se hace y en el mismo momento de realizarse ilumina, conforta, alienta, despierta la serenidad y el gozo en el alma. El bien es como una semilla que da fruto según el tiempo y la especie. Hay semillas que se cosechan en tres meses y otras que necesitan decenios para formar un árbol maduro dispuesto a dar fruto.
Nuestro corazón ambiguo, el de todos, alberga semillas del bien y del mal, de trigo y de cizaña. No pierdas el tiempo y las energías arrancando el mal con el mal; tu orgullo no puede combatir la prepotencia; ni tu egoísmo puede frenar el de los demás. Al mal siempre se le combate con el bien; siempre con el bien. Para hacer esto, como nos dice san Pablo, hemos de dejar que el Espíritu nos guíe y nos conduzca; el Espíritu espera que le prestemos nuestro corazón y nuestra voz para que sea Él quien rece y actúe en nosotros; sin cálculos, sin medidas, con toda la esperanza puesta en las manos de Dios. “Haz el bien y no mires a quién”. Haz el bien y deja el fruto en las manos de quien todo lo puede. ¿Quién puede tener más paz que quien vive en el bien, en la luz, en la voluntad misteriosa del Padre?