lunes, 27 de octubre de 2025

Santos y difuntos

02 de noviembre

Yo, ya sin carne, veré a Dios (Jb 19, 26)


La revelación de Dios en la Primera Alianza es preparación para la manifestación plena de la verdad en la muerte y resurrección de Jesucristo. Así, en los textos más antiguos, el Antiguo Testamento no conoce la resurrección de los muertos; y transmitían que la recompensa que Dios tiene para los fieles a su palabra se tenía que dar en esta vida, y solo en esta vida, para la persona y sus descendientes. Pero la experiencia cotidiana era profundamente disruptiva con esta creencia: Muchos hombres buenos encontraban una muerte prematura, sin haber disfrutado, como esperaban, de los bienes de Dios, incluso sufriendo por haber sido fieles a Dios y a sus mandatos. 

El prototipo de hombre bueno al que la vida maltrata hasta parecer que se ensaña con él es Job. Y es él quien pronuncia esta sentencia llena de esperanza: “Yo sé que mi Redentor vive, y que al final de los días levantará mi piel en descomposición; y yo, en mi carne, veré a Dios. Yo mismo lo veré; mis ojos, y no los de otro, lo verán.” Una esperanza que se vio colmada y desbordada en Jesucristo.

No es solo que nuestros ojos, en nuestra carne, verán a Dios; es que lo veremos desde una comunión tan profunda con la vida y la plenitud de Jesucristo que formaremos con Él un solo cuerpo. Nuestra carne, comunión e intimidad con los nuestros, será rescatada y plenificada para vivir un amor tal, que en esta vida solo nos atrevemos a anhelar.


lunes, 20 de octubre de 2025

La fuerza de la humildad

26 de octubre

La fuerza de la humildad (Lc 18,9-14)


Dos hombres subieron al templo a rezar. Uno se enorgullecía ante Dios de sus virtudes, despreciando a los demás; otro reconocía su pecado y se humillaba. “Os aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquel no” –dice el Señor-. ¡Cuánta fuerza tiene la humildad para impulsar el bien, y cuánta el orgullo para dividir y destruir!

El orgulloso, aunque haga cosas bien, por estar satisfecho consigo mismo y con todo lo que hace, deja de avanzar, deja de aprender, se estanca. El humilde que reconoce sus virtudes y sus defectos –la humildad es la verdad, decía santa Teresa-, sabe que tiene mucho que aprender, y avanza, mejora, sigue buscando el bien que sabe que no ha alcanzado. Si el orgulloso es persona de poder todavía es peor: Si “le bailan el agua”, si “le regalan el oído” está contento; si no es así, se enfada, pierde los estribos, y arremete contra los que se atrevieron a señalar cómo mejorar.

El humilde siembra un clima de armonía que favorece la creatividad y el trabajo en común. Reconoce sus errores con buen humor, y eso es ejemplo para que los que lo rodean también lo hagan, y todo mejore a su alrededor. El humilde sabe que es una simple criatura de Dios; que el Padre le ha concedido algunos dones para el bien de todos; los agradece y cuenta con todo el bien que pueden ofrecer los otros. ¿Cómo no va a escucharlo el Padre?


lunes, 13 de octubre de 2025

La fuerza de la oración

19 de octubre

La fuerza de la oración (Lc 18, 1-18)


El Señor nos llama a rezar cotidianamente, a meditar su palabra, a presentarle nuestra vida y a dejarnos arrostrar por el misterio de su amor. 

Algunos, incluso algunos creyentes, descubren la meditación en el zen o en el budismo porque desatendieron la llamada de Cristo a la oración cotidiana, desde la intimidad en la que somos, y desde la que vivimos. También es verdad que las parroquias y las comunidades cristianas no hemos enseñado ni alentado sino a rezar oraciones vocales, o a vivir una oración mercantilista, o a acudir al Señor en situaciones de problemas o enfermedad grave. 

Pero Jesús quiere estar cerca de nosotros siempre; él quiere sembrar en nosotros la semilla de su presencia constante, para que vivamos en una actitud de serenidad profunda y de acción de gracias. Si quieres vivir sereno y con alegría, reza. La oración te enseñará a dejar los criterios de este mundo; criterios de posesión, de éxito externo, de acumulación, para vivir en la simplicidad y la belleza de su amor. El que reza, ama. El que reza como un pobre, de los pobres se compadece. El que reza por la paz, se hace artesano de la concordia. El que reza incansablemente por la justicia, encuentra modos y formas de impulsar un mundo más humano.

La oración es el pan cotidiano de nuestras almas.


lunes, 6 de octubre de 2025

Arca de la Nueva Alianza

12 de octubre

Arca de la Nueva Alianza (Lc 11, 27-28)


Mil años antes del nacimiento de Jesucristo, el rey David consolidó la institución de la monarquía en el pueblo de Dios. Fue David un hombre, como todos, con luces y sombras. Pero fue haciéndose bueno y justo desde su fe en el Señor, y los valientes consejos y admoniciones de Natán, el profeta. Una de las decisiones más lúcidas y fructíferas de su reinado fue la de sacralizar a Jerusalén, la capital del reino, con el Arca de la Alianza donde se guardaban las Tablas de la Ley. Ese gesto ponía a su reinado y a Jerusalén en el horizonte de la bondad y la justicia del Dios de la misericordia y del Señor de la historia.

También nosotros, pueblo de la alianza nueva y eterna, nos alegramos de poner a María, arca de la Alianza, como luz que queremos que ilumine todo nuestro caminar. El arca contenía unas leyes gravadas en piedra; María contuvo en su vientre al Hijo de Dios, el amor de Dios mismo hecho carne por nosotros. ¡Cuánto bien nos hace a las personas y a los pueblos contar con ejemplos vivos de la valentía, la humildad, la fe, el amor y la solidaridad que queremos vivir! Que todos los países hispanos tengamos a María de Nazaret como estrella que queremos que nos guíe, ofrece a nuestra historia la esperanza de contar siempre con su ejemplo y su protección. 

“María de Nazaret, que nuestras familias y los responsables de nuestros pueblos y de la Iglesia, te tengamos siempre a ti como modelo e inspiración.” ¡Cuánto cambiarían las cosas si en verdad fuera así!