lunes, 20 de octubre de 2025

La fuerza de la humildad

26 de octubre

La fuerza de la humildad (Lc 18,9-14)


Dos hombres subieron al templo a rezar. Uno se enorgullecía ante Dios de sus virtudes, despreciando a los demás; otro reconocía su pecado y se humillaba. “Os aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquel no” –dice el Señor-. ¡Cuánta fuerza tiene la humildad para impulsar el bien, y cuánta el orgullo para dividir y destruir!

El orgulloso, aunque haga cosas bien, por estar satisfecho consigo mismo y con todo lo que hace, deja de avanzar, deja de aprender, se estanca. El humilde que reconoce sus virtudes y sus defectos –la humildad es la verdad, decía santa Teresa-, sabe que tiene mucho que aprender, y avanza, mejora, sigue buscando el bien que sabe que no ha alcanzado. Si el orgulloso es persona de poder todavía es peor: Si “le bailan el agua”, si “le regalan el oído” está contento; si no es así, se enfada, pierde los estribos, y arremete contra los que se atrevieron a señalar cómo mejorar.

El humilde siembra un clima de armonía que favorece la creatividad y el trabajo en común. Reconoce sus errores con buen humor, y eso es ejemplo para que los que lo rodean también lo hagan, y todo mejore a su alrededor. El humilde sabe que es una simple criatura de Dios; que el Padre le ha concedido algunos dones para el bien de todos; los agradece y cuenta con todo el bien que pueden ofrecer los otros. ¿Cómo no va a escucharlo el Padre?


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