lunes, 23 de junio de 2025

Las dos columnas de la Iglesia

Las dos columnas de la Iglesia 

(Mateo 16, 13-19)


La voluntad de Dios une los destinos de las personas más dispares, quizás para que su diversidad se haga complementaria; y su servicio en común, signo de un misterio que desborda lo que pensamos y hacemos. Pablo de Tarso y Pedro de Cafarnaúm no podían ser dos judíos más distintos: Uno culto, el otro un pescador; la familia de uno había ganado la ciudadanía romana, el otro sufría los impuestos romanos con rabia y resignación; uno vivía en Jerusalén, el otro vecino de una humilde aldea de Galilea; uno seguidor de Cristo desde los mismos comienzos, el otro perseguidor de cristianos hasta que Cristo lo llamó.

En la misión se hicieron complementarios. Uno solo tenía que contar lo que había visto y oído al lado de Jesús durante tres años. El otro solo tenía que poner al servicio de Jesús todos los estudios que había hecho desde su niñez. Compartían el tesón, y la constancia, y un amor inmenso por Jesucristo, que fue el sentido radical y verdadero de su existencia.

La Iglesia se funda sobre la fe en el Señor, pero necesita personas que, desde lo que somos y vivimos, pongamos nuestras capacidades al servicio del evangelio. El Señor también cuenta contigo. El Señor cuenta sobre todo con jóvenes que quieran dar el paso a entregarse por entero a Él y al anuncio del evangelio.


lunes, 16 de junio de 2025

«Corpus Caritas»

22 de junio

«Corpus Caritas» (Lucas 9, 11-17)


El día del Corpus es día de agradecer la presencia real de Cristo en el sacramento de la Eucaristía; y día de alentarnos a servirlo en nuestros hermanos más pobres: Día de la Eucaristía y día de la Caridad.

La Caridad, el amor cristiano, está presente en todo lo que vivimos desde nuestra fe. Amar es el mandamiento que Jesús nos entregó: «Amaos unos a otros como yo os he amado». En la pareja, con los hijos, en el trabajo, con los amigos, en la parroquia y en el barrio, en todo lugar y momento hemos de vivir desde un amor que tenga su horizonte en el amor de Jesucristo, nuestro Señor. Pero es cuando la vida se pone difícil, cuando más necesitamos el amor de Dios; y es cuando nuestros hermanos pasan más dificultades cuando con más entrega y generosidad se nos pide que los amemos. 

La Eucaristía actualiza la mayor entrega de amor de Cristo por nosotros, su muerte en la cruz y su resurrección. Este sacramento nos pide que vivamos con entrega nuestra compasión con los que más sufren, con los más pobres. Pobre será nuestro culto a la Eucaristía si los pobres no se sienten a gusto a nuestro lado, en nuestras comunidades. Hipócritas serán nuestras celebraciones si se reducen al boato y a la solemnidad, sin que vayan acompañadas de la búsqueda sincera y concreta del bien común y de la justicia.


miércoles, 11 de junio de 2025

De lo que no se puede hablar

De lo que no se puede hablar  

(Juan 16, 12-15)


«De lo que no se puede hablar, hay que callarse», reza el adagio del filósofo vienés de comienzos del siglo XX, Ludvig Wittgenstein. Las personas han hecho poco caso a ese aserto lleno de sensatez y sentido común. Cuando de una realidad profunda y vital no podemos hablar, nos expresamos con el grito, con la metáfora, con la música, con la danza, con la oración.

El Misterio de Dios es una de esas realidades de las que, ciertamente, no se puede hablar. Por eso, la única forma de expresar una experiencia que se escapa entre los dedos de nuestro lenguaje, que se escurre como el agua por los mimbres de la canasta, ha sido la oración: ¡Gloria! «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu», reza nuestra oración. 

Ante una creación desbordante de belleza y de armonía, de matices y de diversidad, de poder y de fuerza, solo podemos dar gloria al Dios que es origen de todo y que todo lo ha creado. Ante el perdón y la misericordia que el Hijo siembra en nuestro corazón, y que nos permite amar más allá de lo que podíamos imaginar, solo podemos rezar: «Gloria». «Gloria», incluso cuando la vida nos golpea con la enfermedad y el infortunio, con la desgracia y la adversidad porque en todas esas experiencias podemos palpar la comunión íntima con el Hijo, y la esperanza de su resurrección. Gloria también al Espíritu, que nos hace capaces de acoger la misión del Hijo e ir sembrando con Él los surcos del mundo con nuestra humanidad débil y herida, pero querida por Él y revestida de dignidad.


martes, 3 de junio de 2025

Creo en el Espíritu Santo

08 de junio

Creo en el Espíritu Santo (Juan 20, 19-23)


No hay Iglesia ni vida cristiana sin la presencia del Espíritu Santo. El bautismo, que se resume en la amistad con Cristo y que cada día vivimos y nos ilumina, es el sacramento cotidiano del Espíritu. La eucaristía que constituye y alienta la comunidad cristiana es acción del Espíritu en la asamblea convocada por Cristo. Nada hay fuerte y valioso en la vida de las personas sin la presencia del Espíritu.

Algunas veces el Espíritu se nos muestra en la intimidad de la oración, en el «tú a Tú» con el Señor: restaña heridas, perdona pecados, fortalece voluntades, ilumina nuestra conciencia. Es una presencia cotidiana, transparente, que a veces se hace sentir con una fuerza de la que no podemos dudar y que nos llena de vida, «Señor y dador de vida».

Otras veces el Espíritu se hace presente en acontecimientos que nos muestran la voluntad de Dios, que nos abren caminos para realizar la llamada que Él nos hace. «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo», dice el Señor; y para que podamos realizar la misión continúa: «Recibid el Espíritu Santo». Un encuentro con una persona, la solución fortuita de algo que parecía difícil, una noticia que nos toca por dentro, un problema que lo cambia todo... El Espíritu nos acompaña en nuestra historia para que aportemos su luz a la historia de los que sufren.

El Espíritu nos hace vivir en la libertad de la entrega, siendo más nosotros mismos. Uno más uno no son dos.