miércoles, 11 de junio de 2025

De lo que no se puede hablar

De lo que no se puede hablar  

(Juan 16, 12-15)


«De lo que no se puede hablar, hay que callarse», reza el adagio del filósofo vienés de comienzos del siglo XX, Ludvig Wittgenstein. Las personas han hecho poco caso a ese aserto lleno de sensatez y sentido común. Cuando de una realidad profunda y vital no podemos hablar, nos expresamos con el grito, con la metáfora, con la música, con la danza, con la oración.

El Misterio de Dios es una de esas realidades de las que, ciertamente, no se puede hablar. Por eso, la única forma de expresar una experiencia que se escapa entre los dedos de nuestro lenguaje, que se escurre como el agua por los mimbres de la canasta, ha sido la oración: ¡Gloria! «Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu», reza nuestra oración. 

Ante una creación desbordante de belleza y de armonía, de matices y de diversidad, de poder y de fuerza, solo podemos dar gloria al Dios que es origen de todo y que todo lo ha creado. Ante el perdón y la misericordia que el Hijo siembra en nuestro corazón, y que nos permite amar más allá de lo que podíamos imaginar, solo podemos rezar: «Gloria». «Gloria», incluso cuando la vida nos golpea con la enfermedad y el infortunio, con la desgracia y la adversidad porque en todas esas experiencias podemos palpar la comunión íntima con el Hijo, y la esperanza de su resurrección. Gloria también al Espíritu, que nos hace capaces de acoger la misión del Hijo e ir sembrando con Él los surcos del mundo con nuestra humanidad débil y herida, pero querida por Él y revestida de dignidad.


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