10 de mayo
Del deseo y la petición (Jn 14, 15-21)
El anuncio de la cercanía del Reino de Dios, que era el mensaje primero de Jesús en Galilea, alentaba el deseo de justicia y de vida en los jornaleros y las gentes sencillas de Cafarnaúm, de Magdala, y de la propia Nazaret. Con el anuncio, Jesús despertaba los sueños de los creyentes. Al final de su vida Jesús sigue exhortando a sus discípulos a que esperen, anhelen y pidan el don del Espíritu.
Pedimos el Espíritu y pensamos recibir, fortaleza, paciencia, sabiduría, gracia, serenidad, alegría. Pero recibiremos mucho más; no muchas cosas, no muchos dones, sino a alguien insospechado; recibiremos a la Persona que nos hace vivir en el amor del Padre y del Hijo. Lo mismo les ocurrió a los de Galilea, ellos esperaban recibir una justicia pequeña, una paz momentánea, un perdón transitorio y se encontraron con el Hijo de Dios, con Jesucristo, que les ofrecía su cercanía y su amistad.
Quien espera se dinamiza; quien anhela fortalece su corazón; quien sueña busca caminos que realicen lo mejor de sí mismo y de los suyos. Quien desea, anhela, espera y sueña, crece, madura, vive en una tensión luminosa que lo hace feliz. Con los años descubrimos que si nuestros deseos se centran en nosotros mismos se quedan muy pequeños (alguna enfermedad menos o algunos años más). Nuestro anhelo ha de ser grande y generoso, vivido en el horizonte no del “yo”, sino del “nosotros”.
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