martes, 21 de julio de 2026

Le gustaban las parábolas

26 de julio

Le gustaban las parábolas (Mt 13,44-52)


En estos domingos estamos viendo cómo a Jesús le gustaba enseñar a las gentes con parábolas. Y eso nos revela de Él muchas cosas. Las parábolas dan que pensar. Cuando nos cuentan una narración con un contenido profundo, nos permiten pensar por nosotros mismos su significado, y aplicarlo a nuestra propia realidad. A Jesús le gusta que pensemos, que vivamos nuestra vida no desde las normas y los preceptos, sino desde el sentido luminoso que el Padre ha dado a toda su Creación.

Además, el de las parábolas es un lenguaje que se dirige a todos, a creyentes y no creyentes, a cristianos y a no cristianos, a niños y a ancianos; y a todos nos pone a cavilar sobre nuestra propia vida. Por su sencillez, nadie tiene vedado el comprenderlas; por su profundidad y niveles distintos de sentido, nadie puede decir que las comprende por completo. Cada parábola es una invitación a mirar en la vida más allá, siempre y en cada momento.

Un hombre que tiene la suerte de encontrarse un tesoro; un comerciante de perlas que encuentra una muy valiosa; una madre de familia que rebusca lo que necesita entre lo nuevo y lo viejo; un pescador que se queda solo con los peces que le valen...; las parábolas de este domingo parecen invitarnos a pensar qué es lo verdaderamente valioso para cada uno de nosotros, y qué estamos dispuestos a sacrificar para conseguirlo. No es tema pequeño el que nos plantean.


lunes, 13 de julio de 2026

La semilla del mal

La semilla del mal (Mt 13, 24-43)

El mal no tiene paciencia; quiere hacer daño pronto; a lo más calcula, mide los tiempos, busca la oportunidad de la venganza. El bien siempre es paciente. Quien hace el bien, por hacer el bien mismo, no necesita resultados; no hace cálculos, como si hubiera hecho una inversión que busca ganancias. El bien se hace y en el mismo momento de realizarse ilumina, conforta, alienta, despierta la serenidad y el gozo en el alma. El bien es como una semilla que da fruto según el tiempo y la especie. Hay semillas que se cosechan en tres meses y otras que necesitan decenios para formar un árbol maduro dispuesto a dar fruto.

Nuestro corazón ambiguo, el de todos, alberga semillas del bien y del mal, de trigo y de cizaña. No pierdas el tiempo y las energías arrancando el mal con el mal; tu orgullo no puede combatir la prepotencia; ni tu egoísmo puede frenar el de los demás. Al mal siempre se le combate con el bien; siempre con el bien. Para hacer esto, como nos dice san Pablo, hemos de dejar que el Espíritu nos guíe y nos conduzca; el Espíritu espera que le prestemos nuestro corazón y nuestra voz para que sea Él quien rece y actúe en nosotros; sin cálculos, sin medidas, con toda la esperanza puesta en las manos de Dios. “Haz el bien y no mires a quién”. Haz el bien y deja el fruto en las manos de quien todo lo puede. ¿Quién puede tener más paz que quien vive en el bien, en la luz, en la voluntad misteriosa del Padre?