lunes, 24 de marzo de 2025

Todos hijos

Todos hijos (Lucas 15, 11-32)


El evangelista Lucas nos regala una parábola de Jesús que no está en los otros evangelios y que tiene una fuerza de interpelación y de consuelo como pocas páginas de la literatura universal: la parábola del hijo pródigo. Un hombre tenía dos hijos, y ninguno de los dos era feliz a su lado. Se habían hecho una falsa imagen de la vida, que les impedía vivir íntimamente del amor del padre. El más joven se fue lejos con “su parte” de la herencia del padre y lo malgastó todo; en ese momento se dio cuenta de cómo había despreciado a quien tanto lo quería. El mayor se quedó con en la casa del padre trabajando sin alegría, envidiando lo que el menor estaba disfrutando, pensando que su padre era como un patrón exigente y severo. 

La parábola no tiene un final redondo y feliz. El hijo mayor no es capaz de acoger al menor cuando regresa. Las dudas siguen sobre si el menor no se aprovechará de la bondad sin condiciones del padre... Pero nos vamos a permir soñar con un final en el que los hermanos reconocen cómo es el amor del Padre el que los ha hecho ser, que todos han sido reconciliados en los brazos abiertos del Padre, y se aceptan unos a otros en sus limitaciones y su bondad. Un final en el que el hijo menor asume sus responsabilidades por amor, y en el que el hijo mayor reconoce que el amor a su hermano es más importante que sus ideas y criterios.

San Pablo expresa este sueño en una petición: “En nombre de Cristo os suplicamos que os dejéis reconciliar con Dios.” 


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