20 de septiembre
La gloria de Dios (Mt 20, 1-16)
“La gloria de Dios es que las personas tengan vida; y la vida de las personas consiste en la visión de Dios”, decía san Ireneo en un contexto de dura persecución contra los cristianos que lo llevó hasta el martirio. Todo lo que se oponga a la vida plena de las personas, a su desarrollo personal y espiritual, está en contra de la voluntad de Dios.
Y, al mismo tiempo, todo lo que lleve a una persona a la contemplación de Dios, de la belleza de la Creación y de la infinita misericordia de la Redención, nos devuelve a nuestra verdad más auténtica. Conocer el Amor que es Dios nos hace vivir en la paz que anhela nuestro corazón.
Cuando un enfermo vive su enfermedad contemplando el rostro de Dios, su propio rostro irradia paz y dulzura. Cuando una persona consagrada, sacerdote o religiosa, tiene como único afán cumplir con la voluntad de Dios, las circunstancias y cuáles sean las tareas concretas importan menos. No podemos olvidar que Dios es Dios y nosotros somos sus criaturas; por eso siempre hemos de decir: “Aquí estoy, Señor, para cumplir tu voluntad.”
En este horizonte, todo sirve para el bien; si olvidamos buscar la voluntad de Dios y nos centramos en nuestro orgullo, en nuestra comodidad, en nuestro dinero, o, incluso, en nuestros planes, todo desemboca en la insatisfacción, en el enfado, y en la ruptura con los otros, con nosotros mismos y con Dios.
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