domingo, 25 de octubre de 2026

La vulnerabilidad de Dios

01 de noviembre

La vulnerabilidad de Dios (Mt 5, 1-12)


Todos los santos fueron personas felices; felices y buenas, porque vivieron con el corazón lleno de amor, y haciendo lo que Dios les pedía en cada momento.

Nada hay más frustrante y que provoque en nosotros más infelicidad que sentirnos vacíos, y que nuestra vida no tiene sentido. Podemos tener todo, pero si falta el amor en nuestra vida, nada tiene verdadero sabor. Muchas veces nos llegan noticias de cómo personajes ricos y famosos, que lo tenían todo, les faltó totalmente la esperanza, y desistieron de la vida; lo tenían todo, pero les faltó acoger el amor que cimienta y constituye nuestra realidad de personas. Ser santos significa acoger, con el corazón abierto, el amor de Dios, y expresar esta experiencia con los demás. 

No se es feliz por no tener dificultades; se es feliz cuando en la bonanza y en la dificultad nos sentimos amados íntima y profundamente, por los nuestros y, en primera y última instancia, por Jesucristo. “¿Me amas?”, nos pregunta Jesús como a Pedro en el lago de Tiberíades; “¿Me amas?”, pero todos sabemos que quien pregunta eso está ya diciendo que él nos ama primero, y que expone su intimidad ante nosotros. Los santos acogieron, con conciencia profunda de indignidad, la vulnerabilidad de un Dios amante sin reservas, sin límites, sin condiciones. Experimentar la vulnerabilidad de Dios, en el pesebre, en la cruz o en el pan de la eucaristía, nos mueve a amar. 


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